: La Academia Pontificia de las Ciencias, la prostitución del conocimiento


07-19-2014, 12:44 AM
La Academia Pontificia de las Ciencias, la prostitución del conocimiento por la irresponsabilidad de algunos investigadores





Quizás una de las más surrealistas y esquizofrnicas instituciones del mundo reside en la minúscula (pero no por ello menos poderosa) Ciudad-Estado del Vaticano, en donde varias decenas de nuestras más brillantes y privilegiadas mentes se reúnen de forma periódica para intentan denodadamente, al más puro estilo del Sísifo mitológico y en el más precario equilibrio mental, establecer puentes de unión entre los más avanzados conocimientos científicos que se suceden vertiginósamente, casi de manera exponencial con el conjunto de mitos, leyendas y supersticiones varias transmitido durante milenios de padres a hijos por el pueblo judío, escritos que posteriormente fueron reeditados y reinterpretados una y mil veces por la escolástica cristiana durante los dos últimos milenios.

Esta carrolliana institución cuenta en su haber con eminentes científicos, algunos de ellos galardonados con el Nobel, miembros nombrados por designación directa del anciano (infalible bajo la asistencia de la Sagrada Paloma Cósmica) rey de Roma, que tienen como misión fundamental promover el conocimiento científico y su relación con la moral, así como el asesoramiento científico al máximo purpurado y al resto de sus acólitos con solideo.

Aunque la mayoría de sus miembros son católicos, la Academia es una institución multiconfesional de tal manera que por ejemplo su actual presidente, el premio Nobel Werner Arber es protestante. Y para que vean la filosofía que impregna dicha institución dejemos que sea su propio laureado presidente quien nos lo explique con sus propias palabras:

Durante largos periodos de tiempo, seres humanos curiosos adquirieron el conocimiento científico principalmente mediante la observación por medio de sus sentidos, ayudados por la reflexión mental y el razonamiento lógico. El capítulo del Gnesis del Antiguo Testamento representa para mí un testimonio de una antigua visión científica del mundo ya existente hace varios miles de años. Tal capítulo refleja tambin la coherencia entre la fe religiosa y el conocimiento científico hasta entonces alcanzado. El Gnesis propone una secuencia lógica de acontecimientos en la cual la creación de nuestro planeta Tierra podría ser seguida por la creación de las condiciones para la vida. Las plantas fueron introducidas y stas fueron, en un momento dado, el alimento de los animales antes de la introducción final del ser humano. Dejando de lado la cuestión de la Revelación, esto es claramente una narración lógica del posible origen evolutivo de las cosas según unos acontecimientos imaginados orientando la naturaleza, que observaban las antiguas poblaciones. Por la genealogía descrita en el Antiguo Testamento, puedo tambin concluir que sus autores eran conscientes de las variantes fenotípicas (o sea, genticas). Las personas descriptas tienen sus propias características personales y, por tanto, no son clones genticamente idnticos de Adán y Eva. En estas narraciones podemos identificar una gran coherencia entre la fe religiosa disponible entonces y el conocimiento científico sobre el desarrollo evolutivo. Es nuestro deber hoy en día mantener (y donde sea necesario, restablecer) dicha coherencia basándonos en nuestro mayor conocimiento científico. Es mi convicción que el conocimiento científico y la fe son, y deben seguir siendo, elementos complementarios de nuestro saber orientativo.

O recordemos la Sesión Plenaria de la Academia que llevaba el sugerente título de El Conocimiento Científico actual sobre la Evolución Cósmica y Biológica celebrada en el año 2009, en donde el papa Benedicto XVI en su discurso inaugural dejo bien asentadas estas claras directrices:

La distinción entre un simple ser vivo y un ser espiritual que es capax Dei [capaz de recibir a dios], apunta a la existencia del alma inteligente de un sujeto trascendente y libre. Así, el Magisterio de la Iglesia ha afirmado constantemente que Cada alma espiritual es creada inmediatamente por Dios, no es producida por los padres y tambin que es inmortal (Catecismo de la Iglesia Católica, 366). Esto apunta al carácter distintivo de la antropología e invita a la exploración de la misma por parte del pensamiento moderno.

Blanco y en botella, como diría el refrán mientras los insignes científicos escuchaban arrobadamente tan sabias como ciertas palabras. Bueno ¿Y por qu es tan importante tener en cuenta o simplemente discutir todas estas disquisiciones religioso-filosóficas emanadas de nuestro más oscuro y supersticioso pasado? ¿Qu tiene que ver todo esto de si existe o no un dios (o una miríada de entes espirituales o lo que sea) con el trabajo de experimentación, bien dentro del laboratorio o fuera, en el estudio de campo? ¿Ello altera o modifica el análisis o la interpretación de los resultados científicos?

La labor investigadora no consiste en mezclar reactivos en un matraz al tuntún y luego ver el resultado (esperando que todo ello no explote) tal y como muchas veces la literatura o el cine nos muestran, sino que todo trabajo científico comienza con una recopilación del conocimiento previo sobre el tema a partir del cual se plantea una hipótesis científica, que servirá de base para diseñar los experimentos o recoger la información de campo, con los que finalmente y con un poco o mucho de suerte validar o, como desgraciadamente ocurre multitud de veces, refutar dicha hipótesis de partida en un proceso que se conoce como mtodo científico.

Y para que estos estudios sean al final esclarecedores se deben tener en cuenta todos los elementos pertinentes que puedan influir en el desarrollo del modelo propuesto (y descartar aquellos otros que sean superfluos o irrelevantes, porque si no podríamos pasarnos años y años sin avanzar haciendo experimentos innecesarios, pero muchas veces nada baratos mientras malgastamos el escaso dinero público que nos ha sido concedido). Así que al final, en cualquier investigación se incluyen innumerables controles (desde los más simples a los más complejos), de tal manera que una mala planificación, por error o por simple desconocimiento al controlar una variable puede invalidar completamente un estudio y dar al traste con años de ímprobos esfuerzos científicos. Todo investigador ha vivido o conoce de primera mano casos de estudios que han fracasado estrepitosamente durante años porque por ejemplo no se conocía que un determinado factor estaba influyendo y sólo cuando ese elemento es tenido en cuenta, como si de un ¡Eureka! se tratara, todo encaja a la perfección y el mecanismo es desentrañado casi sin esfuerzo (bueno, es un decir).

Entonces, volviendo al caso de la antropología presentado por el anterior papa en su discurso sobre evolución cósmica y biológica, no es lo mismo científicamente hablando asumir que no asumir una posible intervención divina en forma de alma en el desarrollo cognitivo del ser humano. Si un científico capaz y honrado tiene sospecha o indicio alguno de la existencia del alma o del poder de un dios o de cualquier otra entidad (supra- o simplemente natural, por ejemplo una civilización extraterrestre al estilo del famoso monolito de la genial película 2001) en el desarrollo de la conciencia humana, tiene la obligación profesional de incluirla en sus hipótesis de trabajo y si puede sobre todo añadirla en su experimentación, ya que una de las mayores fuentes de desprestigio que puede sufrir un investigador a lo largo de su carrera es que, en un congreso o al enviar un manuscrito a publicar, otro científico le haga notar que no ha incluido un control relevante pero evidente o que no ha tenido en cuenta un factor clave conocido, por lo que todo su estudio quedaría invalidado y carecería de la más mínima relevancia, dejando además una sensación de terrible falta de profesionalidad. Porque si, como el papa católico y multitud de representantes de otras religiones aseguran, existen elementos no materiales que influyeron (y que todavía influyen) en nuestro desarrollo como especie todo el conocimiento actual, no sólo en antropología, sino tambin en neurociencias y áreas afines (psiquiatría, psicología, comportamiento, etc.) debería ser puesto en cuarentena y reevaluado profundamente o incluso ser desechado por erróneo parcial o totalmente a la luz de esa nueva pero determinante y modeladora variable.

Lo mismo pasaría en otra multitud de áreas del saber. Por ejemplo, no es lo mismo la existencia de un dios al estilo del Primer Motor Inmóvil aristotlico, cuya única acción consiste en poner en marcha el Big Bang para que despus todo se desarrolle según las leyes del Universo, en cuyo caso la ciencia podría explicar satisfactoriamente todo (excepto ese primer instante y lo que ocurrió antes, siempre y cuando esas leyes sean congruentes y no el desatino de un geniecillo con humor o simple mala leche, al estilo del infame argumento creacionista de que, los fósiles han sido dispuestos por dios como forma de probar la fe de los cristianos y confundir a los científicos ateos) sin necesidad de hipotetizar nada, que el dios por ejemplo de la Biblia (al que por cierto adoran algunos investigadores) que se inmiscuye constantemente en la naturaleza y que dedica gran parte de su tiempo y su esfuerzo a satisfacer, los por otra parte mezquinos deseos y necesidades de algunos pocos y privilegiados monos, habitantes del tercer planeta que orbita alrededor de una estrella intrascendente y perdida en un rincón de una galaxia de lo más anodina.

Además, como cualquier persona puede entender, no es lo mismo estudiar entornos o procesos naturales intactos que aquellos que han sido influidos en mayor o medida por entes inteligentes. Así por ejemplo, los científicos medioambientales tienen siempre muy en cuenta si el ecosistema que están estudiando es prístino o sospechan que ha sufrido la acción humana, puesto que entonces existirán ríos que se desvían de su curso natural o se secan, aparece desforestación o nuevas plantas exóticas, etc. que de otra manera no tendrían ninguna explicación racional. Y ese cambio ha podido ser muy lejano en el tiempo, muchos siglos despus desde la última acción humana y aún así seguir dejando un rastro identificable. Por ejemplo, el estudio de fotografía espacial de infrarrojos permite diferenciar la selva primigenia de aquella que ha crecido por encima de ruinas y así poder localizar emplazamientos arqueológicos. Además, desde el punto de vista operativo no es lo mismo enfrentarse a un problema natural frente a otro artificial. Así cuando se produce un incendio, si su origen es natural probablemente parte desde un único foco ubicado al azar, mientras que si ha sido provocado por un pirómano, los equipos de bomberos esperan enfrentarse a diversos focos ubicados en localizaciones particulares que faciliten su propagación. Tampoco es equivalente que las autoridades sanitarias se enfrenten a una epidemia sabiendo que es natural o que sospechen que ha podido ser provocada por terroristas biológicos o ya puestos por la ira divina.

Por tanto, el despreciar la influencia de seres extraterrestres (en su más amplia acepción) en nuestra realidad (si tuviramos la más mínima prueba de su existencia) no sólo sería un error científico de proporciones antológicas, desde el momento en el cual la principal misión de los investigadores es desentrañar cómo funciona el mundo, sino tambin una irresponsabilidad total. Eso sin olvidar que aquel que demostrara esa influencia externa de cualquier manera y en cualquier rama del saber, no sólo sería premiado con las mayores distinciones acadmicas, sino que muy probablemente sería venerado como un nuevo profeta por si no todas, sí bastantes de la miríada de religiones inventadas por la Humanidad.

En resumen, que si un científico religioso no incluye o no tiene en cuenta la variable supranatural en sus estudios, o es un mal científico (por muy premio Nobel que sea) o se comporta de manera totalmente indistinguible de otro investigador ateo al despreciar por (casi) imposible esa posibilidad. Y a la vista de los datos de cómo funciona el mundo científico, ello indica objetivamente que hay menos verdaderos científicos cristianos en el mundo que linces ibricos en España, que ya es decir.

Pero mientras tanto la Academia Pontificia de las Ciencias, con la inestimable ayuda de algunos veteranos investigadores, continúa con su labor de zapa y mina socavando los principios más fundamentales de la ciencia.

Finalmente, les dejo con las cristianas y anticientíficas reflexiones de Werner Arber

Y despus de este supersticioso carnaval de viejas glorias de la ciencia reunidas servilmente para rendir honores a la más cruda irracionalidad, ¿con qu autoridad se les va a exigir a los estudiantes, aspirantes a futuros científicos que sean cuidadosos en sus hipótesis, rigurosos a la hora de realizar y analizar los experimentos y que únicamente extraigan las conclusiones que se deriven directamente de sus ensayos, sin dejarse llevar nunca por cualquier otro elemento extraño al mtodo científico?

P.D.

Y si se me permite la osadía, a la frase de Stephen Hawking que encabeza esta entrada

La ciencia no deja mucho espacio ni para milagros ni para Dios

yo le añadiría esta adenda:

Y este pequeño espacio se acorta día a día a pasos agigantados

P.D.2

Entrada especialmente dedicada a la Semana Santa cristiana.










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